Ayer tuve otra experiencia muy, muy rara con la comunicación no verbal. Yo estaba en la plaza de Tirso de Molina esperando a mi amiga Karina. Estaba sola, pero era casi las 10 de la mañana y por eso no estaba preocupada. En los Estados Unidos yo habría jugado con mi móvil para pasar el tiempo, pero mi móvil aquí es muy simple y creo que yo parecería más tonta jugando con él que esperando plantada como una idiota. De repente un chico me acercó y farfulló algo en mi dirección. No sabía lo que él dijo, pero sonó como, “¿Cuánto?” Me imaginé que le había oído mal, pero de todos modos caminé en la dirección opuesta para rehuirlo porque era un asqueroso. Fingí mirar las flores que los vendedores ambulantes vendían y después de cinco minutos decidí que no había moros en la costa y me di la vuelta para regresar. El mismo chico me acercó otra vez y en una voz más alta me preguntó, “¿Cuánto pides?” Él estaba borracho sin duda, pero al mismo tiempo, ¡no podía creerlo! Llevé unas botas que no eran tacones altos, unos jeans, un abrigo, una bufanda, y muy poco maquillaje. No sabía como responder así solamente negué con la cabeza y me marché. Obviamente las circunstancias de la situación habían comunicado algo muy diferente de la realidad a él.
